No puedo ocultar ser fan desde hace tiempo de Ángel Stanich, adicto confeso a su primer álbum Camino Ácido, sus siempre celebrados EPs y a su sonido inconfundible. Hace escasas semanas se publicaba su segundo larga duración, Antigua y Barbuda. Aunque como nos tiene acostumbrados, el de Santander no está haciendo promoción activa de su lanzamiento, más allá de continuar con su ya casi eterna gira de conciertos que desde 2014 le ha llevado a recorrer el país.

Con una personalidad enigmática, granjeada a base de no ofrecer jamás entrevistas a ningún medio (lo cual contrasta con su cercanía durante y después de los shows), Stanich presenta un segundo trabajo algo más asequible, por momentos incluso cercano al pop. Lejos de enfurecernos por su “pérdida de autenticidad” no podemos alegrarnos más de que dé un paso adelante tras el triunfo de su debut y su interminable gira de presentación. El sello de garantía lo pone de nuevo la producción de su mentor Javier Vielva (Arizona Baby y Corizonas) que, junto a los nuevos cortes perpretados por Stanich, no abandona las letras oníricas y el sonido ácido (mención aparte su particularísima forma de cantar, inimitable). Además de emigrar desde los parajes fronterizos del desierto de Nuevo México a destinos más cercanos como Galicia, Burgos, Soria, el río Mundo o Campo de Criptana para sus nuevos escenarios.

De este álbum de reválida nos encanta la fuerza de Mátame Camión, o la familiaridad de Un Día Épico, una historia lisérgica y cinematográfica con la marca inconfudible de Stanich. Pero nos quedaremos con Río Lobos, que nos recuerda al estilo sureño y salvaje de aquél Camino Ácido, tiene una letra perfecta que consigue armonizar una palabra como “licántropo” y tararea el estribillo de Space Oddity. Una obra maestra incluso antes de escucharla, Stanich en estado puro.

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